Mostrando entradas con la etiqueta sexo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sexo. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de noviembre de 2007

Hacía frío

(Tu regalo)
Hacía frío cuando llegué. En el exterior la temperatura era de 8º C, y dentro de tu casa rondaba los 18º C, no la suficiente como para deshacerme del frío que traía conmigo.
Tu calefacción no estaba conectada. Soportas mejor las bajas temperaturas, y estabas bien abrigado. No obstante, querías que yo entrara en calor, así que te apresuraste a encenderla, y nos sentamos a ver la película… al menos esa era la intención.


Después de los primeros diez minutos, preguntaste si aún tenía frío. A modo de respuesta, acerqué mi mano a tu cuello y diste un brinco, acompañado de un “Esto hay que arreglarlo”. Enseguida me rodaste con tu brazo y yo podía sentir el calor de tu cuerpo, a través de tu jersey. Me estremecí. Noté cómo se endurecían mis pezones debajo de la blusa. Te apartaste ligeramente, lo justo para quitarte el jersey y ofrecerme el calor de tu cuerpo, ya sólo debajo de una camiseta. Así estaba mejor. Sin dejar de mirarme, con una sonrisa traviesa, buscaste los botones de mi blusa y empezaste a desabrocharlos… uno a uno… hasta tener frente a ti la visión del encaje de mi sujetador.
En ese momento, el frío estaba desapareciendo de mi cuerpo, para convertirse en un escalofrío… de deseo.


Me pusiste de pie, frente a ti, tus manos buscaron mis hombros, acariciándolos suavemente, empujando la blusa hasta dejarla caer a mis pies. Luego esas manos fueron a buscar mi cintura, tomándola con decisión, mientras mis labios quedaban atrapados entre los tuyos y tu lengua buscaba la mía, entraba y se revolvía en mi boca.


Podía sentir tu deseo, lo notaba, lo palpaba igual que sentía el mío… Cuando atrapaste mi pierna entre las tuyas pude notar la presión de tu sexo bajo el pantalón, pugnando por salir.
Sin dejarme apenas reaccionar, agarraste mi nuca y tiraste de mi cabeza hacia atrás. Así dejabas al descubierto mi cuello, que de inmediato comenzó a recibir besos, caricias y suaves mordiscos, haciéndome temblar las piernas.
Una vez recorrido el cuello, tu traviesa boca se cebó con mis orejas, mis hombros, mi espalda… no querías dejar ni un milímetro sin recorrer… eso me volvía loca. El broche del sujetador se abrió al paso de tu mano, y mis pechos se convirtieron en anfitriones de tus caricias. Tu boca rodeaba completamente uno de mis pechos y succionaba mi pezón con ansia. El otro, tenía a tu mano, pellizcando, rozando y jugando sin parar. Instintivamente, llevé mi mano hacia mi sexo, por encima del pantalón, notando la humedad del deseo. Te diste cuenta enseguida, y no estabas dispuesto a perdértelo, de manera que, sin dejar de besarme, la cremallera de mi pantalón empezó a bajar, y tu tibia mano a abrirse camino entre mis piernas. No pude evitar dejar escapar un gemido, al notar tus dedos abrirse camino entre mi humedad. Eso te excitó sobremanera, dejaste caer el pantalón, me pusiste con la espalda contra la pared y arrodillándote frente a mí, con una de mis piernas sobre tu hombro, te dispusiste a llevarme al séptimo cielo. Te gusta lamer mi sexo rasurado y empapado, hundir tu lengua en su interior, y mirarme a la cara desencajada de placer, mientras lo haces. Te encanta notar como mis jugos chorrean por tu barbilla y cómo me corro salvajemente gracias a ti.


Te levantaste, acalorado también, para quitarte la camiseta, que ya te sobraba. Mientras lo hacías, y antes de que te dieras cuenta, yo estaba arrodillada frente a ti, con la respiración aún agitada, buscando dentro de tu pantalón. Cuando sentiste la presión de mis dientes por encima de tu ropa interior, me suplicaste que te la comiera. Presa de la excitación y el deseo, me entregué a la tarea de hacerla mía mientras te veía gozar. Cuanto más te gustaba a ti, más me excitaba yo y con más ansia chupaba y lamía… hasta que no pudiste más, quisiste apartarme, pero fui yo quien apartó tu mano, y me quedé allí para no dejar ni una gota…


¿Frío? ¿Quién tenía frío ahora? Ni teníamos frío, ni estábamos dispuestos a tenerlo… Enseguida se nos ocurrió cómo mantener el calor…

viernes, 29 de junio de 2007

Tengo una sorpresa para ti (II)

(...Continúa)


... y la vio allí, bañada por la luz de la lamparita, atenuada con un pañuelo de color violeta. Estaba completamente desnuda, tendida en la cama, con una copa de vino en la mano. Le esperaba con una sonrisa traviesa y aquel brillo en los ojos que a él tanto le gustaba.


Se quedó ahí un instante, observándola, saboreó el vino una vez más y sólo entonces se acercó al borde de la cama. Ella se incorporó y dejando la copa en la mesilla de noche, y de rodillas en la cama fue acercándose lentamente a sus labios, sin dejar de mirarle a los ojos. Él estaba muy excitado, y no quería prolongar más aquella distancia, así que la besó. Al sabor afrutado del vino se unió el sabor del deseo prolongado y entonces supo que había empezado una gran noche.


Ahora era él quien dejaba la copa de vino. Fue entonces cuando reparó en los pañuelos. Seguiría con el juego, aquel juego que tanto les gustaba a ambos. Le pidió que se diese la vuelta, cogió sus manos por detrás de la espalda y le susurró al oído: "Voy a servirme mi sorpresa... lo sabes, ¿verdad?" La invitó a tumbarse y le ató ambas muñecas a la cabecera de la cama. El objetivo no era el dolor, así que lo hizo suavemente, con un sencillo nudo. Ahora tenía ante sí una situación que disfrutaba enormemente. Ella estaba sólo tumbada, mirándole, y él conseguiría que enloqueciera de placer.


Era una tarea minuciosa, con la que él disfrutaba lo indecible. Le gustaba empezar por sus labios, besándolos apasionadamente; sus párpados, besándolos suavemente. Le susurraba al oído todo lo que sentía, pensaba y deseaba en aquel momento y ella empezaba a excitarse visiblemente. El recorrido continuaba, el cuello era la siguiente parada, luego sus pechos, tan apetitosos que no dejaría nunca de lamerlos y acariciarlos.

En aquel momento, casi se podían oir los latidos de ambos por encima de la música. Era el momento de seguir descendiendo por ese cuerpo del pecado. Le abrió las piernas utilizando su rodilla y se regodeó en los alrededores de su sexo. Cuánto más tardaba en llegar a él, más se intensificaba el deseo y el orgasmo posterior, así que intentó mantener la espera durante unos minutos más. No podía evitar mirarlo y el verlo ante él, completamente depilado, suave, húmedo... le impidió esperar más. Lo acarició, besó, lamió y mordió acompañado por los jadeos y movimientos de ella. Sus dedos exploraron, pellizcaron, entraron, salieron y cumplieron perfectamente con su objetivo. Ella se deshacía en una cadena de orgasmos interminables. Cuando creía que ya no podía soportar más placer, aún recibía más y más. No podía hacer más que dejarse llevar y disfrutarlo hasta que él decidiese que era suficiente. Era parte del juego.


Aquel juego le provocó una gran erección y lo que más deseaba era correrse. Decidió que era el momento de desatarla. Lo hizo y ella, inmediatamente se puso a cuatro patas, ofreciéndole lo que necesitaba. Se aferró a sus caderas y la penetró con todas las ganas que había acumulado esa noche. Entró y salió como quiso y cuantas veces quiso. Se movieron al unísono sintiéndose la piel, aunando la respiración, gozando y jadeando como una sola persona... y se derrumbaron juntos, plenos, exhaustos, felices, rendidos...


El juego había acabado, pero sólo de momento... ambos sabían que tenían toda la noche por delante y conocían más variantes para llevar a cabo con idéntico resultado. Pero eso ya es otra historia...

sábado, 23 de junio de 2007

Tengo una sorpresa para ti (I)


La puerta estaba abierta. Avanzó sigilosamente, mirando hacia el interior. No se veía a nadie. Sólo se oía una agradable música. Cerró la puerta despacio y vio una copa de vino en el recibidor. La cogió, acercándosela a la nariz y su aroma le hizo sonreir instantáneamente. Era su vino preferido, y ella lo sabía. Acercó sus labios al borde y se deleitó con aquel sabor ligeramente afrutado que tanto le agradaba.

Con la copa en la mano, siguió avanzando hacia el salón. Allí la música se oía mejor, ahora ya sabía que provenía del dormitorio. Volvió a saborear el vino, pausadamente, mirando hacia el hilo de luz que salía del dormitorio. Recordó el mensaje que ella le había dejado en el contestador y que oyó al salir de la reunión: "Tengo una sorpresa para ti. Ven a casa cuando acabes." Lo había oído varias veces por el camino. Le gustaba cuando esa voz acariciaba su oído, incluso a través del teléfono. Había pensado en ella durante todo el trayecto desde el trabajo a su casa, en la sorpresa que le esperaba, y los treinta minutos se le habían hecho eternos.

Se quitó la chaqueta y la dejó en el sofá. Allí encontró dos pañuelos de seda rojos. Había también una nota: "Cógelos". Con la punta de los dedos, tomó los pañuelos y se los acercó para oler su perfume. Le volvía loco ese olor. Volvió a aspirar, esta vez profundamente, con los ojos cerrados y le pareció tenerla allí entre sus brazos. Mientras aflojaba su corbata, se asomó al pasillo. A través de la puerta entreabierta vio sus zapatos y su ropa en el suelo... era parte del juego.

Otro trago de vino recorrió su garganta. Intentaba calmar su excitación que iba aumentando por momentos. A medida que iba avanzando hacia la puerta, con la copa en una mano y los pañuelos en la otra, su corazón se iba acelerando cada vez más. A cada segundo que pasaba, sentía crecer el deseo.

Llegó a la puerta del dormitorio. Del pomo colgaba el sostén de ella, de encaje negro. Empujó suavemente la puerta...

(Continuará...)

sábado, 16 de junio de 2007

Sex on the beach

Si me hubiesen preguntado antes del verano pasado, de buenas a primeras: "¿Te gusta el sexo en la playa?" se me hubiera quedado cara de poker. Hasta entonces no conocía el cocktail que recibe ese nombre.

A día de hoy, puedo decir que sí, me gusta el sexo en la playa, el que se bebe y el otro.

Con respecto al primero, puedo decir que es un refrescante cocktail, que se prepara de varias formas, una de ellas: vodka, licor de mora, zumo tropical y granadina. También hay quien le pone ginebra, o zumo de naranja. Sea como sea, con hielo, sienta muy bien en verano y cómo no, en la playa.

El segundo es otra historia...


Una playa pequeña, solitaria, a la que se accede por un escarpado camino, después de descender durante 20 minutos sorteando rocas. Un sol de rigor, que cae a plomo sobre nuestros cuerpos. Transparente agua fría y salada que nos acoge y mece a su antojo. Juegos y risas, dentro y fuera del agua, roces, abrazos, arena, agua.


Exhaustos nos dejamos caer en la orilla. Con los ojos cerrados y abiertos los brazos. Somos el centro del mundo, estamos en el paraíso, y no abrimos los ojos por miedo a despertar. Recuperado el resuello y por el rabillo del ojo nos miramos, me apartas el pelo de la cara, y sacudes la arena de mi mejilla. Te vuelves hacia mí, sonríes. Pasas tus dedos por mi brazo suavemente. Un escalofrío me recorre de arriba a abajo y se hace visible a tus ojos porque se me eriza la piel. Eso te excita. También se hace visible. Tus dedos no se quedan quietos. Mis pechos los reciben gustosos. Saben bien por dónde ir y cómo hacer que se me revolucione hasta la última célula. Quiero tu cuerpo cerca, aún más cerca. El deseo nos puede. En cuestión de minutos nos fundimos. Nuestras bocas devorándose, saladas, descubriéndose mutuamente. Nuestros cuerpos unidos, mecidos por la olas, acariciados por el sol, observados por las rocas. Subimos juntos al placer más extenuante, llegamos juntos al orgasmo más intenso, nos relajamos juntos en el abrazo más sentido...

¿Que no hay vodka? ¿Ni granadina? Da igual, me gusta el sexo en la playa.

lunes, 4 de junio de 2007

Improvisando.

Este ha sido uno de esos fines de semana en los que nada sucedió según lo planeado. Hubo que improvisar. Eso no es malo, sino todo lo contrario. Ahora, rebobinando, se agolpan las sensaciones en un cocktail maravilloso.



Iván Ferreiro - SPNB


Llamadas. Café con hielo y espuma. Mini-viaje inesperado. Compras. Blusa transparente. Lista de 8 cosas. Ducha. Amena conversación. Descubrimiento. Rock. Confidencias. SPNB. Propuesta. Sonrisas. Sueño, mucho sueño. Amanece. Música que anima el alma. Más compras. Sol y aire y gente y semáforo verde. Olor a curry. Cerveza fría. Planes y planos. Carpeta olvidada. Rubor en las mejillas. Blanco y negro. Fotos. Vídeos. Mar y montaña. Llamada y promesa. Más sonrisas. Dudas. Decisión ¿acertada? ¿Qué puede tener de malo? El gran Iván Ferreiro. Insomnio (del bueno). Noche larga. Dos respuestas. Cambio de planes. Metro. Último vagón. Nervios. Espera entretenida. Café corto y largo. Risas. Mini-viaje esperado. Contacto. Coche azul. Subidón. Calor. Deseo. Pasión. Lenguas que descubren. Suspiros que escapan. La nube. Naranja. Relax. Piercings y tattoos. Videojuegos. Pulp Fiction. Rock. BYE.

Este post es raro. Lo sé. Pero el fin de semana también ha sido raro. Un brindis con vino tinto, por lo inesperado. Recuérdame que no vuelva a hacer planes. Me gusta más.

lunes, 14 de mayo de 2007

Descubriendo a un poeta (II)

(...Continúa)


¿No has leído la primera parte?

Estaba siendo una noche rara donde las haya, llena de vaivenes y acontecimientos inesperados. Ahí se encontraba ELLA: sentada en el sofá de su casa, delante de su poeta preferido, con el ceño fruncido y esperando una explicación de lo sucedido. Ahí se encontraba O., sentado en el sofá de ELLA, buscando las palabras que explicaran su comportamiento de esa noche, intentando hilvanar una explicación y una disculpa y reprimiendo el deseo de abalanzarse sobre ELLA y besarla apasionadamente.

Sus intentos de dar una explicación convincente fueron en vano. Lo único que podía decir era que se sentía irremediablemente atraído por ELLA, que no la podía apartar de sus pensamientos, y que no quería permanecer un segundo más sin cruzar esa línea casi invisible que les separaba. La escenita de esa noche no era más que la exteriorización de esa rabia por la distancia que inconscientemente ellos habían marcado. Tenían una relación profesional, pero además eran amigos, cómplices… no podían seguir acortando distancias. No sería bueno para ninguno de los dos.

La mente de ELLA era un hervidero de actividad: por una parte intentaba entender las palabras de O., a pesar de ser un discurso sin sentido, pero por otra parte procuraba en vano controlar los latidos de su corazón y el rubor de sus mejillas, que eran reflejo de la excitación que sentía.

De pronto O. decidió hacer lo que quería y no lo que debía, así que dejó de buscar explicaciones donde no las había y fue sincero con ELLA. Estaba sintiendo algo muy especial, algo que hacía mucho tiempo que no sentía y que hasta ese momento pensaba que no volvería a experimentar. Mientras hablaba, ya no pensaba, sólo dejaba fluir las palabras sin traba alguna, ante unos sorprendidos ojos que le miraban fijamente.

ELLA no daba crédito a lo que estaba oyendo. A pesar de tener acceso a sus poemas y a sus geniales ideas, sus verdaderos sentimientos habían sido siempre un misterio para ella. Nunca le había hablado de su vida amorosa, de sus ligues ni de nada tan personal. Ahora estaba allí, diciéndole que sentía algo especial por ELLA, algo que no sabía definir. Mientras le escuchaba atentamente, sin atreverse a interrumpirle, una mano se aferró a la suya. Fue como una descarga eléctrica que hizo que ELLA se estremeciera y que el color de sus mejillas alcanzara un nivel sólo comparable al rojo de su blusa.

O. estaba lanzado, ya lo había hecho, se lo había soltado todo, pero su cuerpo le pedía más. El contacto de su mano con la de ELLA despertó sus instintos más primarios. Se acercó más a ELLA sin dejar de mirarla, muy cerca, a sólo unos centímetros de su cara. Sólo dejó de hablar cuando sus labios se posaron quedamente en los de ELLA. Ese beso, que los dos disfrutaron con los ojos cerrados, y que fue haciéndose más y más apasionado por segundos, era el indicativo de que algo más que una chispa había estado surgiendo entre ellos.

ELLA pensó que el corazón se le saldría del pecho mientras se dejaba besar. Supo entonces que lo estaba deseando, a pesar de haberse negado a verle como algo diferente a un amigo o compañero, en aquel momento estaba loca de deseo. Notaba cómo su sexo se humedecía y sus pezones se endurecían con el más leve roce y se entregó a disfrutar de lo que estaba pasando.

O. tenía una contundente erección, y en ese momento lo que más deseaba era hacerle el amor. Por enésima vez esa noche miró los pechos de ELLA, que se adivinaban bajo la blusa, y no pudo resistirse a acariciarlos. Desabotonó la blusa y en un instante fue amo y señor de todo lo que había debajo de ella. La rodeó con su brazo y con un hábil gesto abrió el broche del sujetador.

ELLA se estremeció cuando él acarició y besó sus pechos, le gustaba y por eso le dejó hacer, arqueando hacia atrás la espalda y dejando caer la blusa. Puso una mano sobre el pelo de él, acompañando a su cabeza en su particular danza entre aquellos pechos. Realmente le gustaba.

Aprovechando que ELLA se había movido hacia atrás, O. ganó terreno, cubriéndola con su cuerpo. El deseo se había apoderado de él. El momento que tanto había deseado estaba justo delante y quería disfrutarlo al máximo.

Pieza a pieza, iba desapareciendo todo resquicio de prenda de vestir que separase sus cuerpos. Sólo estaban ellos dos, y sólo se oía el sonido de sus respiraciones entrecortadas, de sus besos y de sus cuerpos al frotarse.

ELLA supo que estaba en lo cierto cuando creía que detrás de esa fachada de grosero sin sentimientos, había algo más. Descubrió que tenía muy bien escondida la absoluta ternura que era capaz de ofrecer. Él la trató como a una princesa, se ocupó de que no olvidase jamás esa noche, era su único objetivo, por encima de su propio placer. El empeño tuvo su recompensa en forma de violentos orgasmos de ELLA, que se deshizo entre sus brazos una y otra vez.

El clímax fue absolutamente bestial. Estaban tan sincronizados que habían dejado de ser dos. Se movían, respiraban y gozaban al unísono, y al unísono tuvieron el mayor orgasmo que recordaban, un orgasmo brutal que les dejó desmadejados y sin aliento, abrazados aún.

Estuvieron así unos minutos. Luego él se incorporó levemente, lo justo para dejar su boca a la altura del oído de ELLA y recitarle el poema más romántico, intenso y sincero que hubiera escrito jamás. En ese instante ELLA supo que había hecho algo más que descubrir a un poeta: le había desnudado, el cuerpo y el alma.



domingo, 13 de mayo de 2007

Descubriendo a un poeta (I)

O. era el típico chico malo, el borde, el maleducado... era la imagen que proyectaba y, realmente él no hacía nada por evitarlo, más bien todo lo contrario. Todo el que le conocía, opinaba así, incluso ELLA. En su primer encuentro ya saltaron chispas, no importa por qué, pudo ser por cualquier cosa: unas palabras bordes de él, la típica bromita, mirada asesina de ELLA, que no estaba en el mejor momento para recibir bromitas, porte digno, y ya estaba: le cayó mal.

Pasaban los días y ELLA se sentía cada vez más intrigada por la personalidad de O. Se fijaba en algunas conversaciones que entablaba, cuando no intentaba ir de graciosillo, y enseguida vio que a pesar de las apariencias no era ningún cretino; es más, le pareció ver a un tío muy inteligente, despierto, y quizá algo más, que no supo qué era.

O., por su parte, se las ingeniaba para verla siempre que podía. Buscaba cualquier excusa para hablar con ELLA, soltaba frases ocurrentes siempre que ELLA podía oírle, y al mirar de reojo veía cómo detrás de su porte digno, había un sutil brillo en sus ojos y un amago de sonrisa mal disimulada.

Normalmente no entraba a conversar con las chicas de aquel lugar. Sabía que no era bienvenido en sus conversaciones, ellas le consideraban un grosero sin sentimientos y a él le daba exactamente igual, las ignoraba. Sin embargo, con ELLA era diferente; había algo que le decía que ELLA no era como las demás.

Como no podía ser de otra manera, coincidieron en una reunión informal, delante de un par de copas. Fue la primera vez que tuvieron una charla propiamente dicha y, casi sin darse cuenta, se fueron quitando las máscaras: O. la de chico malo y ELLA la de chica digna y distante. Para los dos fue un gran descubrimiento, empezaban a rascar en la superficie del otro y les gustaba lo que iban descubriendo.

Tras esa charla, hubo muchas más, con todos los temas imaginables: hablaron de política, de cine, de economía, de música, de trabajo, de la vida, de matemáticas, de poesía... llegaron a tenerse mutua admiración y una complicidad que nadie entendía.

ELLA descubrió una faceta de O. que no conocía nadie: detrás de la imagen de insensible y grosero había un poeta, un genio, un artista, excéntrico y extraño, eso sí, pero especial sin duda. Se convirtió en la única persona que leía sus poemas. Absolutamente nadie hubiera podido imaginar que O. escribía tan endiabladamente bien. Era capaz de plasmar en pocas palabras el sentimiento más intenso, la emoción más visceral, la realidad más cruda, la fantasía más apasionada.

O. descubrió a una chica con la que podía ser él mismo. No tenía necesidad de ponerse su disfraz, de comportarse como ellas esperaban que lo hiciera. Con ELLA se sentía bien, le gustaba escucharla, y aprendía con cada cosa que ella le explicaba. Las ideas se le agolpaban de pronto y tenía la necesidad de expresarlas, de plasmarlas en un papel. Inmediatamente después de haberlo hecho, corría a mostrárselo a ELLA. La observaba fijamente mientras ELLA lo leía. Gozaba lo indecible viendo sus ojos brillar y las comisuras de sus labios subir, bajar o contraerse, casi imperceptiblemente a medida que sus ojos se deslizaban sobre el papel.

Una noche toda aquella armonía empezó a resquebrajarse. Compartían risas y charlas con amigos. Todo parecía indicar que lo estaban pasando bien: amigos, música, copas, risas... de pronto O. empezó a hacer de las suyas, ignorándola cuando ELLA se dirigía a él, profiriendo comentarios hirientes a la mínima ocasión... ELLA no daba crédito a lo que sucedía, pero no tenía ganas de discutir en aquel momento, así que decidió irse. Se despidió de todos con la excusa de un dolor de cabeza y echó a caminar hacia su casa. Había un cuarto de hora caminando, y eran las 3 de la mañana, pero no quiso coger un taxi, le vendría bien pensar.

Durante todo el trayecto iba reconstruyendo cada frase, mirada o movimiento de la noche pero no llegaba a ver en qué momento ELLA podía haber hecho o dicho algo que motivara el comportamiento de O. Al llegar a su calle, estaba ensimismada en sus pensamientos cuando oyó que la llamaban: "Ssshhht, sssshhht!". Apretó el paso, pensando que se trataba de alguno que había bebido más de la cuenta y buscaba entretenimiento. Volvió a oírle, pero no se giró. Mientras sacaba las llaves apresuradamente y ponía un pie en el portal, oyó algo que la dejó paralizada: el tipo la llamaba por su nombre. Prestó atención y entonces distinguió su voz, era O. Le había dado un susto de muerte, así que se volvió, para echarle bronca. Él estaba sentado en un escalón, con aspecto abatido. La miraba como un niño travieso que esperaba una reprimenda por su comportamiento. Las palabras que iban a brotar de la boca de ELLA se suavizaron y acabó sonriéndole, completamente desarmada.

O. le pidió "asilo político". Había bebido demasiado, y no estaba en condiciones de conducir hasta casa.

(Continuará...)

domingo, 1 de abril de 2007

Tus manos


Tus manos, ya te lo he dicho alguna vez, tus manos tenían algo. Rozar mi cuerpo con tus manos y erizárseme la piel era todo uno... Además, te encantaba acercarte a mí, con el bote de crema en la mano, al salir de la ducha. Me gustaba el detalle que tenías de calentarte las manos antes de entrar en faena, lo hacías en el radiador, o con agua caliente, porque sabías que con las manos frías no puedo.

Me quitabas el albornoz, muy despacio, secando mi cuerpo gota a gota y con tus ojos fijos en mi cuerpo desnudo. Luego me dabas la vuelta, me ponías delante de ti y comenzabas a embadurnarme de crema hidratante. Decías que te gustaba empezar por la espalda, porque sabías que es uno de mis puntos más sensibles y disfrutabas viendo como se me ponía la carne de galllina. A la vez me ibas dando besitos en el cuello y a mí me temblaban las piernas.

Después me girabas y, poniéndome frente a ti, cogías de nuevo crema para emplearte a fondo con mis pechos. En esa parte, siempre que miraba hacia abajo veía tu erección y eso me excitaba aún más. Te ponías a juguetear con mis pezones duros y sonreías, me besabas, me derretías.

A continuación te gustaba que me sentara en la cama y te tendiera mis pies. Siempre decías que los pies hay que cuidarlos mucho, aunque estén siempre escondidos, y eso hacías: cuidármelos. De los pies a las piernas, ibas subiendo por ellas, hidratándolas, y excitándome.

Yo jugueteaba con mis pies en tu sexo. Me gustaba cogerlo entre ellos y sentir tu excitación.

Tú, a sabiendas de que si seguía no ibas a poder acabar, me hacías levantarme y ponerme de cara a la pared, con las piernas entreabiertas. Mi culo quedaba a la altura de tu cara y en esta posición me hacías estremecerme con tus manos... untabas, extendías, bajabas... bajabas... mi sexo ardía de deseo esperando esas manos, pero tú sólo rozabas, así, un toque casi imperceptible pero que hacía que yo casi me desplomara de deseo...

Poco a poco ibas acercándote más, tocando un poquito, otro poco, mi sexo esperaba suave, desnudo, impaciente, ardiente... era increíble, como sólo con tus manos, me hacías estremecer, increíble como me hacías sentir un orgasmo así.

lunes, 26 de marzo de 2007

10 cosas que me hacen sentir bien

Ya sé, Hermes, que hace más de un mes que me invitaste a hacer este meme… pero más vale tarde que nunca, ¿no?

Evidentemente no hay 10, sino muchísimas más cosas que me hacen sentir bien, y en muchos aspectos, pero intentaré poner sólo 10, porque tú me lo pides, y también porque tú me lo pides, me centraré en el sexo (¡en lo único!) ;)
Allá va…


1) Cenita en casa, buen vino, música que nos gusta, velas aromáticas, y el postre que se queda ahí, porque nos apetece más comernos.

2) Despertar con sus manos y su lengua recorriéndome todo el cuerpo, con ojos de deseo, y responder con el mismo deseo.

3) Que me sorprenda en la ducha, entrando conmigo y… haciendo que me olvide del acondicionador.

4) Que se relaje y se deje hacer, mientras yo le mimo, centímetro a centímetro y gozo viéndole estremecerse.

5) El morbo del deseo en un sitio público y aprovechar cualquier rincón para demostrar ese deseo contenido.

6) Que me susurre al oído una escena subida de tono, con nosotros como protagonistas, haciendo volar mi imaginación y crecer mi deseo hasta límites insospechados.

7) Que cuando más cansada estoy, por un día agotador, y más ganas tengo de dormir, él sepa cómo hacer que con un buen masaje y con sabias caricias me sienta como nueva, sólo para él.

8) Jugar, fantasear y hacer que el sexo no sea nunca rutinario sino que nos sorprenda día a día.

9) Una noche de pasión, en la que pierdo la cuenta…

10) Sexo con amor.


Y ahora, como se lo tengo que pasar a alguien, pero no tengo claro quién ya lo ha hecho y quién no... ahí lo dejo, para que lo cojas si te apetece.

lunes, 5 de marzo de 2007

La culpa fue del baile (y II)


(... Continúa)
Su sexo emergió completamente excitado de dentro de su pantalón. No pude evitar recorrerlo con mi lengua mientras él se dejaba hacer. Me pone muchísimo ver lo bien que lo pasa un hombre cuando le masturbo, así que me dediqué a ello un buen rato, no sé cuanto… mis manos, mi lengua, mis labios, mis pechos, utilicé todo lo necesario para hacerle enloquecer.

De pronto se acercó a mí, muy cerca de mi cara. Supongo que me miraba, o al menos lo intentaba, porque con tan poca luz no era capaz de ver sus ojos. Luego me besó, tan apasionadamente, que casi me desmayo. Fue uno de esos besos que parecen devorarte y que te elevan como en una nube. Sólo pude cerrar los ojos y dejarme llevar.

Lo que siguió sólo tuvo un inconveniente: el reducido espacio del asiento de atrás de un coche. Por lo demás fue muy bueno. Nos dejamos llevar por el deseo y la pasión que habíamos estado alimentando toda la noche, y gozamos de nuestros cuerpos como en nuestra mejor fantasía. Me encantó correrme una y otra vez, por él y con él, me encantó gritar de placer, a sabiendas que no nos oiría nadie allí y me encantó verle disfrutar.

Mientras cenábamos, no hubiese imaginado que acabaríamos en aquel lugar y de aquella forma, pero ahora no quería que acabase nunca esa noche. Por suerte, aunque aquella noche acabó, tuvimos más noches, y tardes, y días. Se convirtió en una persona muy especial para mí, que compartió una temporada de mi vida, y yo de la suya. Desde aquí, aunque no lo lea nunca, le mando un beso muy fuerte. Aunque sea a kilómetros de distancia, nos recordamos…

No, esto no me ha pasado recientemente (¡Lástima! jeje), fue hace algún tiempo, pero me gustó recordarlo y contártelo.

domingo, 25 de febrero de 2007

La culpa fue del baile (I)

Habíamos estado toda la noche tonteando. Durante la cena, y cuando el vino empezaba a hacer su efecto ya nos mirábamos de forma especial, aunque hablásemos de temas banales. Era como si en nuestro interior imaginásemos algo completamente diferente a lo que decíamos. Era la tercera vez que nos veíamos a solas, después de conocernos. Las dos anteriores quedamos a media tarde, para un café y charlar. Nos habíamos caído bien y decidimos repetir, pero esta vez para cenar.

Luego fuimos a aquel local. Cuando vimos que estaba lleno, casi nos arrepentimos. No nos apetecía demasiado abrirnos paso entre la marabunta de gente que había, pero al final decidimos intentarlo. No fue tan difícil, nos abrimos paso poco a poco. Yo iba delante y él me seguía. Para no perderme, puso las manos en mis caderas, gesto que me gustó y me hizo sentir un cosquilleo en el bajo vientre. ¿Qué me pasaba? Sólo me estaba siguiendo…

Finalmente llegamos a un rincón, alejado del paso de la gente. Allí podríamos tomar una copa tranquilamente y bailar. Eso fue lo que hicimos, ya que prácticamente no nos oíamos con el volumen de la música.

La culpa fue del baile… nos fuimos animando y jugábamos a excitarnos con la mirada. Yo le daba la espalda y bailaba delante de él, rozándole con mi trasero, cada vez que este se movía. Me excitaba sentir cómo le gustaba, cómo ponía sus manos de nuevo en mis caderas y se acercaba, poco a poco a mí. Me excitaba sentir su sexo, a través de los pantalones, queriendo liberarse.

Me dejé llevar por la música, y en aquel momento sólo estábamos él y yo… y el morbo de la situación. Supongo que él hizo lo mismo, porque en ese momento noté su aliento y oí como me decía al oído que le estaba poniendo muy cachondo y que si seguía así no respondía de sí mismo.

Aquella frase fue como un revulsivo, que erizó hasta el último vello de mi cuerpo. Me giré, despacio, viendo sus ojos brillantes de deseo, sonreí, y le pregunté con sorna si de verdad quería que parase. Su respuesta fue un húmedo beso, suave primero, apasionado después, que me desarmó por completo. Sólo pude cerrar los ojos y dejarme llevar por el contacto de sus labios y su lengua, que se enlazaba con la mía.

Inmediatamente sus manos se aferraron a mis tejanos, empujándome contra él. Ahora sí notaba su sexo duro y ardiente pegado al mío, con la única barrera de nuestras ropas, que hubiésemos querido ver evaporarse al instante. No sé cuánto tiempo estuvimos así, ni cuánta gente se deleitó con el espectáculo, pero fue sumamente morboso y excitante. Su mano se deslizaba bajo mi blusa y rodeaba mis pechos, endurecía mis pezones con la punta de sus dedos. Los movimientos de mis caderas expresaban el desbordante deseo que sentía por él en aquel momento. Era irresistible, y por eso no lo resistí: “Nos vamos”.

No podríamos esperar hasta llegar a casa, lo sabíamos. Subimos al coche, y durante cinco segundos busqué en mi memoria algún rincón dónde perdernos. Lo tenía, y en menos de diez minutos estábamos allí. No podía haber lugar mejor. Las luces de la ciudad como testigos mudos de nuestro momento.

Música para ambientar y al sillón de atrás. No fue difícil retomarlo. Mis pezones se endurecieron sólo al acercar su boca a la mía. Besaba maravillosamente bien, y mientras lo hacía, hábilmente desabrochaba mi sujetador con una mano, y con la otra acariciaba mi cuello. En ese momento fue como si desde el primer momento hubiese deseado tener mis pechos sólo para él. Los gozó lo indecible, y a mí me hizo vibrar con su savoir-faire.

Yo también quería conocerle bien, así que desabroché su cinturón mientras besaba el contorno de su ombligo.

(Continuará…)


Nota: Lo prometido es deuda...

sábado, 10 de febrero de 2007

Me apetece algo dulce...




Tengo calor.
Me apetece algo dulce y fresquito.
¿Quieres?
También me apeteces tú.
¿Puedo?

domingo, 28 de enero de 2007

Lecho de rosas

Soñé con tus ojos, tus manos, tu cuerpo…
soñé contigo y estaba contigo.
Me despertó el aroma que preparaste…

el aroma de mi lecho de rosas.

domingo, 14 de enero de 2007

Dulce despertar

Ella dormía plácidamente, a pesar de que los rayos de sol se deslizaban tímidamente entre las rendijas de la persiana y se posaban en su cuerpo desnudo. Se despertó cuando notó su sexo humedecerse y un profundo estremecimiento le recorrió de pies a cabeza. Eran los dedos, esos mágicos dedos que tanto placer le hacían sentir. Abrió instintivamente las piernas para dejar el camino libre. No quería abrir los ojos, sólo sentir. Era un dulce despertar y ella se sentía volar.

Él yacía a su lado, completamente entregado a su tarea. Sus dedos húmedos avanzaban poco a poco, presionaban imperceptiblemente cada milímetro y se introducían por la senda que ella trazaba, con los movimientos involuntarios de la pelvis. Él sabía cuánto gozaba ella con un despertar así. Antes de tocarla, había permanecido unos minutos quieto, mirándola, sin atreverse a pestañear para no perder de vista esa imagen. Su cuerpo desnudo, entre las sábanas, y la respiración profunda y serena. Se había excitado notablemente, y así, con su polla erguida, expectante, se dispuso a proporcionarle un dulce despertar.

Ella seguía bocabajo, ahora notando como un dedo se abría camino hacia su interior. Arqueó la espalda para notarlo mejor. No era suficiente, quería más, pero tendría que esperar.

Él introducía sus dedos, sabía lo mucho que le gustaría, si lo hacía poco a poco. Primero inspeccionó el terreno y sólo uno de ellos se adentró en aquella gruta húmeda, hambrienta. Poco a poco se perdió otro, y otro más. Ella se movía, pausadamente primero, frenéticamente después, quería sentirse penetrada, pero tendría que esperar.

Ella decidió que era el momento. Giró su cuerpo hasta quedar tumbada mirando hacia la ventana. La rodilla doblada hacia su pecho, la mano acariciando sus pezones. Deseaba ser penetrada en aquella posición, con él empujando desde atrás.

Él contempló por un instante su postura. Sus nalgas turgentes, sus pezones erguidos, y su sexo inflamado de deseo. No le haría esperar más, no esperaría más. Se acopló a ella desde atrás y ambos se fundieron en una danza apasionada. Eran uno, moviéndose y gimiendo al unísono, deseándose y amándose como si el mundo hubiese dejado de existir.

Ella y él, ambos, se mecieron, rozaron y follaron hasta llegar a un orgasmo infinito, profundo y tremendamente placentero.

Luego una sonrisa, y recuperar el aliento… Nada como un dulce despertar de domingo.

lunes, 1 de enero de 2007

Me gusta pasear a la orilla del mar

Olor a mar.
Nadie.
Yo.
Paseo.
Pies descalzos.
Arena caliente.
Ojos cerrados.
Sonrisa.
Vaivén de las olas.
Gaviotas.
Camino sin rumbo.
Alguien.
Encuentro.
Miradas.
Deseo.
Roce.
Caricia.
Beso.
Lengua.
Manos.
Cuerpos unidos.
Sexo.
Entrega.
Pasión.
Fantasía.

sábado, 16 de diciembre de 2006

De la amistad a ... (y II)

… nos fuimos a mi casa, estaba más cerca, y no podíamos esperar más. Pasamos por una farmacia, a comprar condones, claro. No teníamos aquello premeditado, y no íbamos preparados. Mientras íbamos en el coche sentí un pellizco en el estómago. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué significaba aquello? Le miré de reojo. Sus ojos… su sonrisa… Me miró también, sonreí… me dejé llevar.

Abrí la puerta de casa, y antes de que pudiera cerrarla y decir una sola palabra, me abrazó y me besó con tanta pasión que me temblaron las piernas, creí que me desplomaría allí mismo. Noté su sexo, que pugnaba por salir del pantalón. Me apreté contra él porque me encantó. Puse mis manos en su trasero y empujé… me derretía de deseo. Aquello ya era irremediable, era como si nunca hubiésemos hecho el amor. Nos invadía una oleada de deseo irrefrenable.

Sus manos desabrochaban los botones de mi camisa, mis pechos eran su próximo objetivo. Con una mano, increíblemente rápido, desabrochó mi sujetador y mis pezones saltaron, libres, deseosos de caricias. Me encantaba que los acariciara, lamiera, mordisqueara… me estaba volviendo loca y notaba como mi sexo se humedecía por momentos.

Casi a la vez, dimos un paso más. Mutuamente nos desabrochábamos el pantalón, mirándonos a los ojos, devorándonos con la mirada y respirando agitadamente. Él fue más rápido, hundió sus dedos en mi sexo, empapándolos, yo casi grité de deseo. Cogí su polla con mi mano, y supe que la quería ya, en aquel momento. Saqué un condón, y se lo puse, suavemente, sin dejar de besarle. Entonces allí mismo, en el recibidor de mi casa, con mis piernas rodeando su cintura y mi espalda contra la pared me hizo suya. Me abracé fuertemente a su cuello, y nos fundimos en un furor desatado. ¡Cómo se movía! ¡Cómo empujaba y cómo le sentía dentro de mí! Evidentemente no duramos mucho, estábamos demasiado ansiosos, pero fue fantástico.

A los diez minutos, ya estábamos otra vez, pero en esta ocasión en la cama, donde nos disfrutamos mucho más, deteniéndonos en cada rincón, conociéndonos mucho más íntimamente.

Después de ese encuentro hubo muchos más. Sentíamos algo especial el uno por el otro, aunque no era verdadero amor, y ambos lo sabíamos. Tampoco era sólo sexo, había algo más, quizás era que teníamos muchas cosas en común, que éramos muy parecidos, y evidentemente que nos encantaba follar y nos entendíamos muy bien, dentro y fuera de la cama.

Es curioso, debería ser así el amor de tu vida. Amistad, cariño, sexo, complicidad: era perfecto, pero nosotros, empeñados como estábamos en que solamente éramos amigos, dejamos las cosas ahí. Ahora vivimos lejos, alguna vez nos llamamos, pero cada vez menos, porque sabemos que no nos beneficia. Quizás era nuestro tren, y le dejamos pasar de largo. Nunca lo sabré, pero siempre le guardaré un cariño especial. La próxima vez que pase un tren así, igual no le dejo escapar.

sábado, 9 de diciembre de 2006

De la amistad a... (I)

Era mi amigo desde la Universidad. De hecho íbamos en grupo, siempre nos recogía en su coche, cuatro chicos y yo. Siempre tuve tendencia a ir con los chicos, por una cosa o por otra, y la verdad es que me lo pasaba genial.
Desde que le conocí, tenía novia, una chica muy maja, por cierto, que también se convirtió en amiga mía; hacían muy buena pareja. Yo también salía con un chico, aquellos primeros amores… De pronto, por esas cosas que pasan, acabó su historia, y a los tres meses la mía. Nos convertimos en dos incomprendidos, cuestionados, mirados de reojo por nuestro entorno, y eso fue lo que nos unió. Teníamos largas charlas, delante de una cerveza, era como si sólo fuésemos capaces de desnudar nuestras almas el uno con el otro. Nos convertimos en almas gemelas, inseparables, grandes amigos.

Por lo que sea, y sin saber cómo, un día pasó… Estábamos en un pub, su preferido, donde nos reuníamos por la tarde-noche a charlar. Nos solíamos poner en la barra, pero ese día había mucha gente y decidimos sentarnos en una mesita. Eran de aquellas rodeadas de sillas tipo banco, acolchadas, así que nos sentamos uno al lado del otro, para no tener que gritar al hablar.

En plena conversación, yo estaba explicándole no se qué, hablando acaloradamente, agitando mis manos. De pronto me di cuenta de que no me escuchaba. Sus grandes ojos, entre verdes y marrones, perfilados de largas pestañas negras, estaban clavados en los míos, y se dibujaba media sonrisa en su boca. Cuando me percaté de que estaba hablando para la pared, me callé de golpe. Le pregunté:

- ¿Me estás escuchando?
- No, te estoy mirando
– me contestó con una sonrisa descarada.
- Pero, ¿cómo tienes tanto morro? ¿Y qué miras, si puedo saberlo? – quería permanecer seria, pero no podía, con él no podía.
- Miro tu boca. Me gustaría besarla. ¿Puedo?
- ¿¿Qué??

No me lo esperaba, la verdad. Me cogió de sorpresa, así que sólo pude reírme. No sabía si hablaba en serio o se estaba quedando conmigo, pero lo averigüé de inmediato. Se fue acercando poco a poco a mí, agarró mi mano, como para evitar que se lo impidiera, y sus labios se posaron en los míos, suavemente, rozándolos. Otra vez, y otra. Cerré los ojos y me dejé llevar… me gustaba… empecé a notar un pellizco en el estómago, un amago de deseo, que me gustaba. Le devolví los besos, abrí mis labios poco a poco y noté los suyos, su lengua, rozando la mía.

Fue uno de los mejores besos que he recibido jamás. Por lo inesperado, por lo dulce, por lo apasionado, por lo que significaba… yo no quería que acabara, y desde luego él tampoco. Se acercó un poco más, con la otra mano rodeó mi cuello y me apretó contra él. Ardía de deseo, lo notaba, y yo también.
Sin abrir los ojos, puse mis piernas sobre las suyas, para estar más cerca. Queríamos ser uno, fundirnos el uno con el otro. Nuestras bocas ya lo hacían. Las lenguas entrelazadas, explorándose, lamiéndose, acariciándose…
Fue entonces cuando su mano, osada, soltó la mía, y fue deslizándose bajo mi blusa, despacito, temblorosa, se posó en mi pecho. Mi pezón parecía de piedra, y el contacto de sus dedos por encima del encaje del sujetador me hizo estremecer, un pequeño gemido escapó de mi garganta. Quería que siguiera, así que le dejé hacer.
Mientras seguía explorando mi boca, lamiendo y mordisqueando mis labios, y ofreciéndome los suyos a cambio, su mano se hizo con mi pecho, ya por debajo del sujetador, era suyo y él, para asegurarse, lo apretaba, lo acariciaba…
El deseo era cada vez más fuerte, más incontrolado. Yo notaba la humedad delatora del deseo y la pasión. Apretaba mis muslos, para consolarme, o intentarlo al menos.
Entonces, como si lo hubiésemos acordado, abrimos los ojos, nos separamos un poco, y nos miramos con una expresión mezcla de extrañeza, deseo, pasión, confusión.
- ¿Qué estamos haciendo? – susurré.
- No lo sé – balbuceó él – pero me gusta.
Y entonces, como si supiera que uno de mis puntos erógenos, que me hacen derretir, es el cuello, llevó su boca hasta allí y lo besó, lo lamió, lo mordisqueó hasta que yo no pude aguantar más, y arrebaté esos labios de mi cuello, quería comérmelos de nuevo.
Estábamos locos, pero nos gustaba, y queríamos más. No podíamos seguir allí, miré de reojo a mi alrededor, y a pesar de que todos parecían estar a lo suyo, supe que en el fondo no era así. Nos conocían, nos habían visto por allí muchas veces, sabían que sólo éramos amigos… y nada más… ¿o no?

Mientras yo pensaba en eso, su boca se acercó a mi oído y susurró:
- ¿Nos vamos?
- Vale.

Y nos fuimos a buscar más intimidad. Teníamos que saber cómo acabaría aquello, teníamos que dejarnos llevar por la pasión, a solas. Y lo hicimos…

jueves, 7 de diciembre de 2006

¿Te espero?

¿Te espero, amor?
Pensé en ti nada más despertar, me estremecí, y con una sonrisa, me dormí de nuevo. Volví a pensar en ti mientras miraba la lluvia, a través del cristal, sabía que tú también la mirabas. Sobre todo pensé en ti mientras me duchaba. El agua caliente se deslizaba por mi cuerpo y eras tú, que me acariciabas, que rozabas cada rincón haciéndome temblar. Me gustaba sentir ese pequeño placer.

Ahora, relajada, también pienso en ti. Quien quiera que seas, dónde quiera que estés, sé que estás ahí, cerca, muy cerca, y que vendrás. Por eso ya lo he decidido: te espero…

sábado, 25 de noviembre de 2006

El masajista (y III)

Francamente, me costaba creer que el masaje que iba a recibir aquel día superase al del día anterior, pero allí estaba yo, con mi albornoz y esperando mi turno para dejarme llevar por aquellas maravillosas manos.

Puntualmente llegó mi masajista. Le vi incluso más atractivo que el día anterior. Llevaba el pelo húmedo y brillante, y sus ojos me sonrieron con disimulo… había que guardar las apariencias.

Le seguí hasta una habitación distinta de la del día anterior. Me tendió una toalla y me señaló la camilla. Cuando salió, para dejar que me pusiera cómoda, se me aceleró el corazón… ¡estaba nerviosa! Respiré hondo, me retiré el albornoz y me tendí en la camilla boca abajo, a esperar.

Enseguida entró él:

- ¿Estás preparada? – susurró cerca de mi oído.
- Creo que sí – le dije, con una sonrisa. Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
- Sobre todo, relájate. Déjate llevar por la música y no pienses en nada más…

Me dispuse a obedecerle, cerré los ojos mientras oía como se lavaba las manos, y… empezó mi hora de masaje.

Mis piernas fueron las primeras en sentir el calor de sus manos, que las recorrían presionando con la intensidad justa y en los lugares precisos. El aceite las ayudaba a resbalar por mi piel. Cuando llegaba a la parte superior de mis muslos… entonces rozaba con la punta de los dedos mis labios… y yo me estremecía. Estuvo así un rato, me hacía “sufrir” sólo insinuándose con la punta de sus dedos. Luego subió a mi espalda, la embadurnó de aceite y me masajeó cada centímetro de mi piel. Cuando presionaba mi cuello, uno de mis puntos más erógenos, me sentía morir. Cuando bajaba las manos por mis costados y tocaba mis pechos, se me erizaba la piel.
A esas alturas el aroma del aceite embriagaba mis sentidos y me sentía flotar… fue entonces cuando él bajó sus manos hacia mis piernas, las abrió suavemente y empezó a acariciarme decidido. Sabía lo que hacía, es curioso, pero de todos los hombres con los que he estado, ninguno me había dado la sensación de saber tan bien cuándo, dónde y cómo tocar…

Se dedicó de lleno a darme placer ¡todo un lujo! Con una mano me estimulaba el clítoris y con la otra iba introduciendo sus dedos, que con la ayuda del aceite y de mi excitación, entraban solos. Yo no podía dejar de moverme, ¡¡quería más!! Me agarraba a la camilla y movía mi culo para abrirme más a sus dedos… esos dedos que exploraban mi interior y me hacían sentir oleadas de placer. Le pedí más, otro más… y obedeció… hummmm, estaba tan excitada! Por supuesto tuve un orgasmo descomunal, ahogando mis gemidos en la camilla y exhausta, le miré con deseo.

Él tenía la frente perlada de sudor, y sonreía… Rodeó la camilla y al pasar junto a mis manos, noté su polla dura debajo del pijama blanco. Él también estaba excitado.

- ¿Te ha gustado?
- Creo que es evidente, ¡me ha encantado!
- Pues aún no hemos acabado, cielo. – me dijo guiñando un ojo - ¿crees que podrás con más?
- Lo intentaré…
- contesté con una sonrisa pícara.
- Pues vuélvete.

Me tumbé boca arriba, y mientras lo hacía toqué mi coño chorreando. Aún me estremecía al tocarme… ¡qué bueno!

Lo que siguió también fue fantástico. Después de untar mi cuerpo de aceite, y sobar mis tetas hasta no poder más, volvió a dedicarse a mi coñito y no cesó hasta hacerme casi gritar de placer, varias veces. Llegué a correrme cuatro veces. Estaba alucinada con ese hombre.

Pensé que merecía una recompensa, así que empecé a tocar su polla erecta, por encima del pantalón, y comencé a excitarme de nuevo. Él estaba muy cachondo, se le notaba, así que me puse manos a la obra, y le masturbé hasta que le hice correrse a él también… Se lo había ganado.

Cuando todo acabó, me duché y subí a mi habitación. Tumbada en mi cama recordaba cada instante de esa última hora y no podía creer lo que me había pasado. Probablemente si me hubieran dicho que aquello iba a ocurrir y yo me iba a dejar llevar así, no me lo hubiese creído… Pero así fue, y por supuesto no me arrepiento, disfruté como una loca…

Este invierno, me apetecería volver a pasar un fin de semana en un spa, pero no sé si repetiré en aquel…

domingo, 19 de noviembre de 2006

El masajista (II)

Ahora tenía que tumbarme boca arriba, y se repetiría la operación. Me dijo que a algunas mujeres no les gustaba la idea de que les tocaran el pecho, y esa zona se la exfoliaban ellas. ¿Qué prefería yo? Ni siquiera lo dudé: le dije que hiciera su trabajo, que lo haría mejor que yo.
Evidentemente, me excité… sus manos recorrían mis pechos cubriéndolos de sales, y mis pezones se endurecían a su paso. Empecé a notar mi coño humedecerse, y un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Intenté pensar en otra cosa, y relajarme únicamente, que eso era lo que buscaba al fin y al cabo, pero no era tan fácil. Cerré los ojos, y cuando creí que lo conseguiría, un río de agua tibia cayó sobre mi pecho, mi estómago, y fue bajando por mis piernas… No pude evitar estremecerme cuando el agua se coló entre mis piernas y entró en mi ya mojado coñito… Un suspiro entrecortado se escapó de mis labios y entonces él me susurró:

- ¿Estás bien?
- Más que bien –
logré articular.
- ¿Estás relajada?
- Sí, claro. Me ha gustado
– le dije yo.
- Pues te aseguro que no has hecho la mejor elección para relajarse. Podrías haber recibido uno de nuestros masajes con aceites…
-Bueno, aún estoy a tiempo, ¿no? No he programado nada para mañana.

El masajista sonrió, con un misterioso brillo en los ojos, y acercándose a mí dijo:

- No me gustaría que te fueras así. Si quieres te puedo ayudar a relajarte aún más… ¿crees que podría hacer algo al respecto?

Le miré confundida… ¿estaba insinuando lo que yo creía o sólo estaba bromeando?

- ¿Qué… qué quieres decir? – balbuceé como una tonta.
- Bueno, que si esto queda entre tú y yo… y tú me lo pides, yo puedo hacer algo para que te relajes del todo.

Me miraba fijamente, y entonces pensé: ¿y por qué no? Al fin y al cabo… no tenía que darle explicaciones a nadie.

- Adelante… - y le invité a que hiciera su voluntad. No pude negarme. Sería la música que sonaba de fondo, o sus manos, o el morbo de la situación, o que yo estaba loca, o qué sé yo, pero me quedé ahí tumbada y le dejé hacer.

Entonces, sin dejar de mirarme a los ojos, cerró el pestillo de la puerta, me quitó las braguitas de papel, abrió cuidadosamente mis piernas, y empezó a acariciarme sigilosamente. Aún tenía las manos húmedas y calentitas, y yo estaba aún más calentita, así que inmediatamente empecé a volar de placer.

Sabía exactamente dónde tenía que tocar, qué presión debían ejercer sus dedos ¡y cómo mirarme para que yo enloqueciera de gusto! Sus dedos exploraban mis labios, y pronto empezaron a penetrar en mi interior. Yo le ayudaba, con acompasados movimientos de pelvis y empezamos una danza que no podía detenerse… Con la otra mano, agarraba mis pechos, y pellizcaba suavemente mis pezones… (¡Diosss! Incluso ahora me excito al recordarlo…)

Estaba tan caliente, que gemía de gusto, y tuve que taparme la boca, para no revelarle a nadie nuestro pequeño secreto. Aquello continuó hasta desembocar en uno de los mejores orgasmos que he tenido en mi vida. Mi corazón estaba desbocado, y prácticamente no podía respirar, aunque ¡¡me apetecía gritar de placer!!
Cuando conseguí reponerme, le di las gracias, y me metí en la ducha. Él vino detrás de mí, y me miraba mientras el agua caía por mi cuerpo. Me quitó la ducha de la mano y se entregó a la tarea de retirarme, suavemente, cada pequeño cristalito de sal que aún quedase sobre mi cuerpo. Seguidamente, me secó con una toalla blanca y esponjosa, y me tendió el albornoz… Yo estaba flotando en una nube, casi me pellizco para asegurarme de que no era el mejor sueño erótico de mi vida. En ese momento, oí:

- Así, ¿te espero mañana? Tengo turno de mañana, y un aceite que huele de maravilla.
- Aquí estaré
–le dije, y salí de ese habitáculo que había sido testigo mudo de mi último orgasmo.

Al día siguiente, por supuesto, allí estaba yo… ¿Quieres saber cómo fue?

(Continuaré?)