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sábado, 23 de junio de 2007

Tengo una sorpresa para ti (I)


La puerta estaba abierta. Avanzó sigilosamente, mirando hacia el interior. No se veía a nadie. Sólo se oía una agradable música. Cerró la puerta despacio y vio una copa de vino en el recibidor. La cogió, acercándosela a la nariz y su aroma le hizo sonreir instantáneamente. Era su vino preferido, y ella lo sabía. Acercó sus labios al borde y se deleitó con aquel sabor ligeramente afrutado que tanto le agradaba.

Con la copa en la mano, siguió avanzando hacia el salón. Allí la música se oía mejor, ahora ya sabía que provenía del dormitorio. Volvió a saborear el vino, pausadamente, mirando hacia el hilo de luz que salía del dormitorio. Recordó el mensaje que ella le había dejado en el contestador y que oyó al salir de la reunión: "Tengo una sorpresa para ti. Ven a casa cuando acabes." Lo había oído varias veces por el camino. Le gustaba cuando esa voz acariciaba su oído, incluso a través del teléfono. Había pensado en ella durante todo el trayecto desde el trabajo a su casa, en la sorpresa que le esperaba, y los treinta minutos se le habían hecho eternos.

Se quitó la chaqueta y la dejó en el sofá. Allí encontró dos pañuelos de seda rojos. Había también una nota: "Cógelos". Con la punta de los dedos, tomó los pañuelos y se los acercó para oler su perfume. Le volvía loco ese olor. Volvió a aspirar, esta vez profundamente, con los ojos cerrados y le pareció tenerla allí entre sus brazos. Mientras aflojaba su corbata, se asomó al pasillo. A través de la puerta entreabierta vio sus zapatos y su ropa en el suelo... era parte del juego.

Otro trago de vino recorrió su garganta. Intentaba calmar su excitación que iba aumentando por momentos. A medida que iba avanzando hacia la puerta, con la copa en una mano y los pañuelos en la otra, su corazón se iba acelerando cada vez más. A cada segundo que pasaba, sentía crecer el deseo.

Llegó a la puerta del dormitorio. Del pomo colgaba el sostén de ella, de encaje negro. Empujó suavemente la puerta...

(Continuará...)

lunes, 4 de junio de 2007

Improvisando.

Este ha sido uno de esos fines de semana en los que nada sucedió según lo planeado. Hubo que improvisar. Eso no es malo, sino todo lo contrario. Ahora, rebobinando, se agolpan las sensaciones en un cocktail maravilloso.



Iván Ferreiro - SPNB


Llamadas. Café con hielo y espuma. Mini-viaje inesperado. Compras. Blusa transparente. Lista de 8 cosas. Ducha. Amena conversación. Descubrimiento. Rock. Confidencias. SPNB. Propuesta. Sonrisas. Sueño, mucho sueño. Amanece. Música que anima el alma. Más compras. Sol y aire y gente y semáforo verde. Olor a curry. Cerveza fría. Planes y planos. Carpeta olvidada. Rubor en las mejillas. Blanco y negro. Fotos. Vídeos. Mar y montaña. Llamada y promesa. Más sonrisas. Dudas. Decisión ¿acertada? ¿Qué puede tener de malo? El gran Iván Ferreiro. Insomnio (del bueno). Noche larga. Dos respuestas. Cambio de planes. Metro. Último vagón. Nervios. Espera entretenida. Café corto y largo. Risas. Mini-viaje esperado. Contacto. Coche azul. Subidón. Calor. Deseo. Pasión. Lenguas que descubren. Suspiros que escapan. La nube. Naranja. Relax. Piercings y tattoos. Videojuegos. Pulp Fiction. Rock. BYE.

Este post es raro. Lo sé. Pero el fin de semana también ha sido raro. Un brindis con vino tinto, por lo inesperado. Recuérdame que no vuelva a hacer planes. Me gusta más.

sábado, 19 de mayo de 2007

Por aquel concierto en Granada


Los Planetas - Alegrías del Incendio

¿Por qué cuelgo este vídeo?

Por aquel concierto de Los Planetas en Granada.
Por las risas, las fiestas, los viajes y los buenos ratos
con la música de Los Planetas.
Por el sexo visto con frescura y naturalidad.
Por la sonrisa que me dibuja una canción.

Por hoy... nada más.

sábado, 28 de abril de 2007

Aún guardo tu rosa


Aún guardo tu rosa.
Puede que no lo sepas, pero la guardo.
Puede que tampoco sepas que para mí significó mucho y nunca lo sabrás.
Pero no importa.
Tu rosa siempre estará conmigo, cerquita.
Tan cerca como tu recuerdo, y quién sabe si tan cerca como tú.

domingo, 15 de abril de 2007

Atrás en el tiempo

Otro meme al que me invitan, esta vez fue Querida Enemiga desde la ventana de su alma. Hace ya algunos días que me lanzaste la invitación, Querida, pero no he podido hasta ahora. Te dije que lo haría, así que allá voy:

aYo 10 años atrás: en el año 1997 yo tenía unos 22 años. Vivía bastante lejos de aquí, compartiendo piso con otras 3 personas. Mi corazoncito estaba ocupado con el que fue mi NOVIO (con mayúsculas, porque ha sido la persona que más me ha querido y quien mejor me ha tratado). Fue una época muy feliz en mi vida.

aYo 5 años atrás: estábamos en 2002. En esos 5 años habían cambiado muchas cosas. Andaba yo saliendo con un chico que resultó ser un poco freak, pero eso es otra historia… Eso sí, ya no compartía piso, tenía el mío propio.



aYo 1 año atrás: 2006. Mi vida había dado un giro bastante grande. Llevaba poco tiempo en la ciudad y todo era nuevo para mí: nuevo trabajo, nuevos amigos, sentimientos nuevos... Hubo de todo, momentos muy buenos pero también muy duros.



aAyer: Día de vértigo en el trabajo, satisfacciones personales y profesionales, noticias de lejos y charlita telefónica interesante. Luego a dormir con sonrisa de oreja a oreja.



aHoy: Madrugo, me doy una ducha para despertarme y me voy de compras, hasta la hora de comer. Paso la tarde con un amigo que me hace reír y más… Por la noche cenita, cine (“La cosecha”) y ahora a escuchar música un ratito y a descansar.



a5 canciones de las cuales me sé toda la letra: no sabría elegir sólo 5. Hay muchas canciones que por un motivo o por otro las relaciono con algo o alguien de mi vida. Todas ellas me gustan porque me traen recuerdos y se me queda la letra fácilmente.



a5 lugares ideales para visitar: Para mí cualquier lugar desconocido sería ideal para visitar. Si tengo que elegir 5 lugares de España estos son los míos: Barcelona (my city), Granada (una belleza de ciudad, mágica), Asturias (paraíso natural), ciertos rincones de los Pirineos (por la sensación de grandeza y libertad que me transmiten) y la Sierra de Cazorla en Jaén (belleza de paisajes y de recuerdos). Seguro que hay muchos más lugares ideales, ¡¡pero es que no conozco toda España!!



a5 cosas que me gusta comer: Ensaladas, quesos, pasta, salchichas frankfurt (unas de una marca determinada que no diré y que sólo se encuentran en un determinado supermercado, sí, ya lo sé, es raro pero es así) y helados, sobre todo Häagen-Dazs (de muerte!).



a5 juguetes favoritos: ¿Juguetitos sexuales? se me ocurren varios… pero para seguir con el tono casto de este meme, hablaré de otro tipo de juguetes. Veamos: la Playstation 2, cualquier juego de mesa en buena compañía, mi pc (sí, también puede ser considerado juguete) mi mp3 y… vale, sí, el sexo es mi juego favorito, así que mi quinto juguete, o el primero, según como se mire… es de carne y hueso (hasta aquí puedo leer :P).



Y ahora, para no perder la costumbre, lo paso a todo el que lo quiera hacer. Coge el relevo, va, que no se tarda tanto.

sábado, 7 de abril de 2007

Una estrella fugaz




Dicen que "lo bueno si breve, dos veces bueno". Puede que por breve haya sido tan bueno. Casi perfecto, aunque fugaz.

Es la misma sensación que cuando ves una "estrella fugaz". Te da el tiempo justo de decir: oh! y desaparece. Luego te quedas ahí, mirando, esperando volver a verla, pero no vuelve. Quizá veas otra, o quizá no, pero esa pasó de largo por delante de tus narices y te dejó ahí, mirando.


Lo raro es que te extrañes. Tú sabías que pasaría así de rápido, por eso es fugaz, así que lo sabías y hasta lo esperabas. También tenías claro qué era lo que querías... ¿ahora ya no?

Después de lo bueno queda el recuerdo, la sonrisa de oreja a oreja, las sensaciones vividas, el agradecimiento infinito y una pizca de tristeza. Como diría un amigo mío, hay que quedarse con lo bueno de las cosas, y lo vivido no te lo quita nadie, sobre todo lo bueno, aunque fugaz.

domingo, 1 de abril de 2007

Tus manos


Tus manos, ya te lo he dicho alguna vez, tus manos tenían algo. Rozar mi cuerpo con tus manos y erizárseme la piel era todo uno... Además, te encantaba acercarte a mí, con el bote de crema en la mano, al salir de la ducha. Me gustaba el detalle que tenías de calentarte las manos antes de entrar en faena, lo hacías en el radiador, o con agua caliente, porque sabías que con las manos frías no puedo.

Me quitabas el albornoz, muy despacio, secando mi cuerpo gota a gota y con tus ojos fijos en mi cuerpo desnudo. Luego me dabas la vuelta, me ponías delante de ti y comenzabas a embadurnarme de crema hidratante. Decías que te gustaba empezar por la espalda, porque sabías que es uno de mis puntos más sensibles y disfrutabas viendo como se me ponía la carne de galllina. A la vez me ibas dando besitos en el cuello y a mí me temblaban las piernas.

Después me girabas y, poniéndome frente a ti, cogías de nuevo crema para emplearte a fondo con mis pechos. En esa parte, siempre que miraba hacia abajo veía tu erección y eso me excitaba aún más. Te ponías a juguetear con mis pezones duros y sonreías, me besabas, me derretías.

A continuación te gustaba que me sentara en la cama y te tendiera mis pies. Siempre decías que los pies hay que cuidarlos mucho, aunque estén siempre escondidos, y eso hacías: cuidármelos. De los pies a las piernas, ibas subiendo por ellas, hidratándolas, y excitándome.

Yo jugueteaba con mis pies en tu sexo. Me gustaba cogerlo entre ellos y sentir tu excitación.

Tú, a sabiendas de que si seguía no ibas a poder acabar, me hacías levantarme y ponerme de cara a la pared, con las piernas entreabiertas. Mi culo quedaba a la altura de tu cara y en esta posición me hacías estremecerme con tus manos... untabas, extendías, bajabas... bajabas... mi sexo ardía de deseo esperando esas manos, pero tú sólo rozabas, así, un toque casi imperceptible pero que hacía que yo casi me desplomara de deseo...

Poco a poco ibas acercándote más, tocando un poquito, otro poco, mi sexo esperaba suave, desnudo, impaciente, ardiente... era increíble, como sólo con tus manos, me hacías estremecer, increíble como me hacías sentir un orgasmo así.

martes, 20 de marzo de 2007

Gracias




A veces las distancias no tienen razón de ser, el tiempo transcurrido no importa...
A veces me siento afortunada por aquellos momentos que aunque pasados, siguen muy presentes en mi mente y en mi corazón...
Y es que tú, de alguna manera siempre sabes qué necesito oir o decir, y me acompañas, de la mano, sin que yo me dé cuenta, hacia un rincón de paz, de risas, de reflexiones, de arreglar el mundo o de ponerlo patas arriba...
Es que tú fuiste mi mayor apoyo, mi mejor o peor crítico, pero el que más me ayudó. Siempre entendías, escuchabas, asentías, negabas, explicabas, discutías, razonabas, reías... y sobre todo estabas.
Aunque en la distancia, yo lo recuerdo como si fuera hoy, y sé que aún estás igual que estoy yo... de otra manera pero siempre estaremos.
Por eso, porque eres tan especial para mí, hoy tengo un fuerte abrazo, de esos que tanto nos gustaban y que nos daban fuerza y energía... mi abrazo para ti hoy. Te lo envío hoy, pero podría ser ayer, o mañana, o siempre.

Gracias (ya sé que no te gusta que te las dé, lo sé)

lunes, 5 de marzo de 2007

La culpa fue del baile (y II)


(... Continúa)
Su sexo emergió completamente excitado de dentro de su pantalón. No pude evitar recorrerlo con mi lengua mientras él se dejaba hacer. Me pone muchísimo ver lo bien que lo pasa un hombre cuando le masturbo, así que me dediqué a ello un buen rato, no sé cuanto… mis manos, mi lengua, mis labios, mis pechos, utilicé todo lo necesario para hacerle enloquecer.

De pronto se acercó a mí, muy cerca de mi cara. Supongo que me miraba, o al menos lo intentaba, porque con tan poca luz no era capaz de ver sus ojos. Luego me besó, tan apasionadamente, que casi me desmayo. Fue uno de esos besos que parecen devorarte y que te elevan como en una nube. Sólo pude cerrar los ojos y dejarme llevar.

Lo que siguió sólo tuvo un inconveniente: el reducido espacio del asiento de atrás de un coche. Por lo demás fue muy bueno. Nos dejamos llevar por el deseo y la pasión que habíamos estado alimentando toda la noche, y gozamos de nuestros cuerpos como en nuestra mejor fantasía. Me encantó correrme una y otra vez, por él y con él, me encantó gritar de placer, a sabiendas que no nos oiría nadie allí y me encantó verle disfrutar.

Mientras cenábamos, no hubiese imaginado que acabaríamos en aquel lugar y de aquella forma, pero ahora no quería que acabase nunca esa noche. Por suerte, aunque aquella noche acabó, tuvimos más noches, y tardes, y días. Se convirtió en una persona muy especial para mí, que compartió una temporada de mi vida, y yo de la suya. Desde aquí, aunque no lo lea nunca, le mando un beso muy fuerte. Aunque sea a kilómetros de distancia, nos recordamos…

No, esto no me ha pasado recientemente (¡Lástima! jeje), fue hace algún tiempo, pero me gustó recordarlo y contártelo.

domingo, 25 de febrero de 2007

La culpa fue del baile (I)

Habíamos estado toda la noche tonteando. Durante la cena, y cuando el vino empezaba a hacer su efecto ya nos mirábamos de forma especial, aunque hablásemos de temas banales. Era como si en nuestro interior imaginásemos algo completamente diferente a lo que decíamos. Era la tercera vez que nos veíamos a solas, después de conocernos. Las dos anteriores quedamos a media tarde, para un café y charlar. Nos habíamos caído bien y decidimos repetir, pero esta vez para cenar.

Luego fuimos a aquel local. Cuando vimos que estaba lleno, casi nos arrepentimos. No nos apetecía demasiado abrirnos paso entre la marabunta de gente que había, pero al final decidimos intentarlo. No fue tan difícil, nos abrimos paso poco a poco. Yo iba delante y él me seguía. Para no perderme, puso las manos en mis caderas, gesto que me gustó y me hizo sentir un cosquilleo en el bajo vientre. ¿Qué me pasaba? Sólo me estaba siguiendo…

Finalmente llegamos a un rincón, alejado del paso de la gente. Allí podríamos tomar una copa tranquilamente y bailar. Eso fue lo que hicimos, ya que prácticamente no nos oíamos con el volumen de la música.

La culpa fue del baile… nos fuimos animando y jugábamos a excitarnos con la mirada. Yo le daba la espalda y bailaba delante de él, rozándole con mi trasero, cada vez que este se movía. Me excitaba sentir cómo le gustaba, cómo ponía sus manos de nuevo en mis caderas y se acercaba, poco a poco a mí. Me excitaba sentir su sexo, a través de los pantalones, queriendo liberarse.

Me dejé llevar por la música, y en aquel momento sólo estábamos él y yo… y el morbo de la situación. Supongo que él hizo lo mismo, porque en ese momento noté su aliento y oí como me decía al oído que le estaba poniendo muy cachondo y que si seguía así no respondía de sí mismo.

Aquella frase fue como un revulsivo, que erizó hasta el último vello de mi cuerpo. Me giré, despacio, viendo sus ojos brillantes de deseo, sonreí, y le pregunté con sorna si de verdad quería que parase. Su respuesta fue un húmedo beso, suave primero, apasionado después, que me desarmó por completo. Sólo pude cerrar los ojos y dejarme llevar por el contacto de sus labios y su lengua, que se enlazaba con la mía.

Inmediatamente sus manos se aferraron a mis tejanos, empujándome contra él. Ahora sí notaba su sexo duro y ardiente pegado al mío, con la única barrera de nuestras ropas, que hubiésemos querido ver evaporarse al instante. No sé cuánto tiempo estuvimos así, ni cuánta gente se deleitó con el espectáculo, pero fue sumamente morboso y excitante. Su mano se deslizaba bajo mi blusa y rodeaba mis pechos, endurecía mis pezones con la punta de sus dedos. Los movimientos de mis caderas expresaban el desbordante deseo que sentía por él en aquel momento. Era irresistible, y por eso no lo resistí: “Nos vamos”.

No podríamos esperar hasta llegar a casa, lo sabíamos. Subimos al coche, y durante cinco segundos busqué en mi memoria algún rincón dónde perdernos. Lo tenía, y en menos de diez minutos estábamos allí. No podía haber lugar mejor. Las luces de la ciudad como testigos mudos de nuestro momento.

Música para ambientar y al sillón de atrás. No fue difícil retomarlo. Mis pezones se endurecieron sólo al acercar su boca a la mía. Besaba maravillosamente bien, y mientras lo hacía, hábilmente desabrochaba mi sujetador con una mano, y con la otra acariciaba mi cuello. En ese momento fue como si desde el primer momento hubiese deseado tener mis pechos sólo para él. Los gozó lo indecible, y a mí me hizo vibrar con su savoir-faire.

Yo también quería conocerle bien, así que desabroché su cinturón mientras besaba el contorno de su ombligo.

(Continuará…)


Nota: Lo prometido es deuda...

domingo, 4 de febrero de 2007

¿En qué momento...?

¿En qué momento el camino que seguía mi vida, se desvió para llegar al punto en que me encuentro ahora?
¿Por qué no me di cuenta cuando la vida que soñaba se me escapaba de las manos?
Hoy me siento vacía, porque ante todo quería ser feliz y sólo he conseguido tocar la felicidad con la puntita de mis dedos. Luego se me escurrió... y ahora ando perdida, buscándola, y me asusto cuando por un momento pienso que no la volveré a tocar.
Hoy, vivo de recuerdos pasados y futuros, sobre todo futuros, esos que nacen en mis sueños y también mueren allí, porque cuando abro los ojos ya no están. Cuando los abro siento frío y sólo encuentro las gotitas que empañan mi corazón, como si fuera un cristal.
Hoy, me doy cuenta de que intento sonreir y no pensar, y no pensar y sonreir, pero cuando abro los ojos tengo miedo de que esas gotitas se congelen, y no sea capaz de sentir nunca más.
Tengo miedo, porque aunque no lo creas, quiero amar. Necesito sentir una vez más que mi corazón no sólo late por inercia, sino que cada latido es por y para alguien especial.
¿En qué momento dejé de sentir? Ya no me acuerdo.

domingo, 14 de enero de 2007

Dulce despertar

Ella dormía plácidamente, a pesar de que los rayos de sol se deslizaban tímidamente entre las rendijas de la persiana y se posaban en su cuerpo desnudo. Se despertó cuando notó su sexo humedecerse y un profundo estremecimiento le recorrió de pies a cabeza. Eran los dedos, esos mágicos dedos que tanto placer le hacían sentir. Abrió instintivamente las piernas para dejar el camino libre. No quería abrir los ojos, sólo sentir. Era un dulce despertar y ella se sentía volar.

Él yacía a su lado, completamente entregado a su tarea. Sus dedos húmedos avanzaban poco a poco, presionaban imperceptiblemente cada milímetro y se introducían por la senda que ella trazaba, con los movimientos involuntarios de la pelvis. Él sabía cuánto gozaba ella con un despertar así. Antes de tocarla, había permanecido unos minutos quieto, mirándola, sin atreverse a pestañear para no perder de vista esa imagen. Su cuerpo desnudo, entre las sábanas, y la respiración profunda y serena. Se había excitado notablemente, y así, con su polla erguida, expectante, se dispuso a proporcionarle un dulce despertar.

Ella seguía bocabajo, ahora notando como un dedo se abría camino hacia su interior. Arqueó la espalda para notarlo mejor. No era suficiente, quería más, pero tendría que esperar.

Él introducía sus dedos, sabía lo mucho que le gustaría, si lo hacía poco a poco. Primero inspeccionó el terreno y sólo uno de ellos se adentró en aquella gruta húmeda, hambrienta. Poco a poco se perdió otro, y otro más. Ella se movía, pausadamente primero, frenéticamente después, quería sentirse penetrada, pero tendría que esperar.

Ella decidió que era el momento. Giró su cuerpo hasta quedar tumbada mirando hacia la ventana. La rodilla doblada hacia su pecho, la mano acariciando sus pezones. Deseaba ser penetrada en aquella posición, con él empujando desde atrás.

Él contempló por un instante su postura. Sus nalgas turgentes, sus pezones erguidos, y su sexo inflamado de deseo. No le haría esperar más, no esperaría más. Se acopló a ella desde atrás y ambos se fundieron en una danza apasionada. Eran uno, moviéndose y gimiendo al unísono, deseándose y amándose como si el mundo hubiese dejado de existir.

Ella y él, ambos, se mecieron, rozaron y follaron hasta llegar a un orgasmo infinito, profundo y tremendamente placentero.

Luego una sonrisa, y recuperar el aliento… Nada como un dulce despertar de domingo.

sábado, 30 de diciembre de 2006

Recuerdos… ilusiones

Ahora tengo una sensación extraña. La visita a mi familia, a mis amigos ha sido una gran idea. Me he sentido realmente bien, aunque el tiempo era escaso y pasó demasiado rápido. Es curioso ver como, a pesar de haber pasado tanto tiempo, es como si no nos hubiésemos separado nunca: nuestras charlas, nuestras risas, nuestras copas… Fue genial, y de veras les echo mucho de menos a cada uno de ellos. Son grandes amigos, siempre han estado ahí cuando he necesitado apoyo, un consejo, una sonrisa, un abrazo, una juerga… de la misma manera que he estado yo, y eso es irremplazable.

Me gustaría pensar que aquí, en mi nueva vida, encontraré amigos así. Es difícil, lo sé, pero, ¿imposible? Me niego a pensarlo siquiera. Quiero pensar que no hay nada imposible: ni que yo sea realmente feliz, ni que encuentre esa amistad duradera, ni siquiera que algún día encuentre el amor. “De ilusiones también se vive” que diría alguien… pues sí, de ilusiones, hay que vivir de algo aunque sólo sea de ilusiones.

Y comenzamos un nuevo año. Es una excusa perfecta para cambiarse las gafas de ver la vida. Ponerse unas de colores vivos, con cristales claros, que nos hagan mirar a nuestro alrededor y comprobar que todo está por ocurrir, que la felicidad está ahí, en algún sitio, y algún día daremos con ella.

También es el momento de echar un vistazo, sólo de reojo, al año que acaba. Da un poco de vértigo. Me han pasado muchas cosas en este año y algunas de ellas no me las hubiera ni imaginado en los meses de febrero o marzo, sin embargo han pasado, y he sobrevivido. Ahora, mirando atrás, pienso que si pasó sería por algo, así que no vale la pena pensarlo más.

Me cambio las gafas. Decidido. Mañana empieza la cuenta atrás hacia un nuevo año y lo voy a afrontar con ganas. Te parecerá una tontería, pero voy a traspasar esa puerta, de las 0.00h del día 31 de diciembre como si entrara en un lugar nuevo, con miles de cosas por descubrir. Voy a ilusionarme de nuevo… ¡que ya toca!

sábado, 23 de diciembre de 2006

Bon Nadal - Feliz Navidad !!!


Feliz Navidad a tod@s. Yo me voy a coger un avión... como el turrón, vuelvo a casa por Navidad!!


Os deseo muchas alegrías en estos días, y nos vemos a la vuelta.


Sed felices!

sábado, 16 de diciembre de 2006

De la amistad a ... (y II)

… nos fuimos a mi casa, estaba más cerca, y no podíamos esperar más. Pasamos por una farmacia, a comprar condones, claro. No teníamos aquello premeditado, y no íbamos preparados. Mientras íbamos en el coche sentí un pellizco en el estómago. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué significaba aquello? Le miré de reojo. Sus ojos… su sonrisa… Me miró también, sonreí… me dejé llevar.

Abrí la puerta de casa, y antes de que pudiera cerrarla y decir una sola palabra, me abrazó y me besó con tanta pasión que me temblaron las piernas, creí que me desplomaría allí mismo. Noté su sexo, que pugnaba por salir del pantalón. Me apreté contra él porque me encantó. Puse mis manos en su trasero y empujé… me derretía de deseo. Aquello ya era irremediable, era como si nunca hubiésemos hecho el amor. Nos invadía una oleada de deseo irrefrenable.

Sus manos desabrochaban los botones de mi camisa, mis pechos eran su próximo objetivo. Con una mano, increíblemente rápido, desabrochó mi sujetador y mis pezones saltaron, libres, deseosos de caricias. Me encantaba que los acariciara, lamiera, mordisqueara… me estaba volviendo loca y notaba como mi sexo se humedecía por momentos.

Casi a la vez, dimos un paso más. Mutuamente nos desabrochábamos el pantalón, mirándonos a los ojos, devorándonos con la mirada y respirando agitadamente. Él fue más rápido, hundió sus dedos en mi sexo, empapándolos, yo casi grité de deseo. Cogí su polla con mi mano, y supe que la quería ya, en aquel momento. Saqué un condón, y se lo puse, suavemente, sin dejar de besarle. Entonces allí mismo, en el recibidor de mi casa, con mis piernas rodeando su cintura y mi espalda contra la pared me hizo suya. Me abracé fuertemente a su cuello, y nos fundimos en un furor desatado. ¡Cómo se movía! ¡Cómo empujaba y cómo le sentía dentro de mí! Evidentemente no duramos mucho, estábamos demasiado ansiosos, pero fue fantástico.

A los diez minutos, ya estábamos otra vez, pero en esta ocasión en la cama, donde nos disfrutamos mucho más, deteniéndonos en cada rincón, conociéndonos mucho más íntimamente.

Después de ese encuentro hubo muchos más. Sentíamos algo especial el uno por el otro, aunque no era verdadero amor, y ambos lo sabíamos. Tampoco era sólo sexo, había algo más, quizás era que teníamos muchas cosas en común, que éramos muy parecidos, y evidentemente que nos encantaba follar y nos entendíamos muy bien, dentro y fuera de la cama.

Es curioso, debería ser así el amor de tu vida. Amistad, cariño, sexo, complicidad: era perfecto, pero nosotros, empeñados como estábamos en que solamente éramos amigos, dejamos las cosas ahí. Ahora vivimos lejos, alguna vez nos llamamos, pero cada vez menos, porque sabemos que no nos beneficia. Quizás era nuestro tren, y le dejamos pasar de largo. Nunca lo sabré, pero siempre le guardaré un cariño especial. La próxima vez que pase un tren así, igual no le dejo escapar.

sábado, 9 de diciembre de 2006

De la amistad a... (I)

Era mi amigo desde la Universidad. De hecho íbamos en grupo, siempre nos recogía en su coche, cuatro chicos y yo. Siempre tuve tendencia a ir con los chicos, por una cosa o por otra, y la verdad es que me lo pasaba genial.
Desde que le conocí, tenía novia, una chica muy maja, por cierto, que también se convirtió en amiga mía; hacían muy buena pareja. Yo también salía con un chico, aquellos primeros amores… De pronto, por esas cosas que pasan, acabó su historia, y a los tres meses la mía. Nos convertimos en dos incomprendidos, cuestionados, mirados de reojo por nuestro entorno, y eso fue lo que nos unió. Teníamos largas charlas, delante de una cerveza, era como si sólo fuésemos capaces de desnudar nuestras almas el uno con el otro. Nos convertimos en almas gemelas, inseparables, grandes amigos.

Por lo que sea, y sin saber cómo, un día pasó… Estábamos en un pub, su preferido, donde nos reuníamos por la tarde-noche a charlar. Nos solíamos poner en la barra, pero ese día había mucha gente y decidimos sentarnos en una mesita. Eran de aquellas rodeadas de sillas tipo banco, acolchadas, así que nos sentamos uno al lado del otro, para no tener que gritar al hablar.

En plena conversación, yo estaba explicándole no se qué, hablando acaloradamente, agitando mis manos. De pronto me di cuenta de que no me escuchaba. Sus grandes ojos, entre verdes y marrones, perfilados de largas pestañas negras, estaban clavados en los míos, y se dibujaba media sonrisa en su boca. Cuando me percaté de que estaba hablando para la pared, me callé de golpe. Le pregunté:

- ¿Me estás escuchando?
- No, te estoy mirando
– me contestó con una sonrisa descarada.
- Pero, ¿cómo tienes tanto morro? ¿Y qué miras, si puedo saberlo? – quería permanecer seria, pero no podía, con él no podía.
- Miro tu boca. Me gustaría besarla. ¿Puedo?
- ¿¿Qué??

No me lo esperaba, la verdad. Me cogió de sorpresa, así que sólo pude reírme. No sabía si hablaba en serio o se estaba quedando conmigo, pero lo averigüé de inmediato. Se fue acercando poco a poco a mí, agarró mi mano, como para evitar que se lo impidiera, y sus labios se posaron en los míos, suavemente, rozándolos. Otra vez, y otra. Cerré los ojos y me dejé llevar… me gustaba… empecé a notar un pellizco en el estómago, un amago de deseo, que me gustaba. Le devolví los besos, abrí mis labios poco a poco y noté los suyos, su lengua, rozando la mía.

Fue uno de los mejores besos que he recibido jamás. Por lo inesperado, por lo dulce, por lo apasionado, por lo que significaba… yo no quería que acabara, y desde luego él tampoco. Se acercó un poco más, con la otra mano rodeó mi cuello y me apretó contra él. Ardía de deseo, lo notaba, y yo también.
Sin abrir los ojos, puse mis piernas sobre las suyas, para estar más cerca. Queríamos ser uno, fundirnos el uno con el otro. Nuestras bocas ya lo hacían. Las lenguas entrelazadas, explorándose, lamiéndose, acariciándose…
Fue entonces cuando su mano, osada, soltó la mía, y fue deslizándose bajo mi blusa, despacito, temblorosa, se posó en mi pecho. Mi pezón parecía de piedra, y el contacto de sus dedos por encima del encaje del sujetador me hizo estremecer, un pequeño gemido escapó de mi garganta. Quería que siguiera, así que le dejé hacer.
Mientras seguía explorando mi boca, lamiendo y mordisqueando mis labios, y ofreciéndome los suyos a cambio, su mano se hizo con mi pecho, ya por debajo del sujetador, era suyo y él, para asegurarse, lo apretaba, lo acariciaba…
El deseo era cada vez más fuerte, más incontrolado. Yo notaba la humedad delatora del deseo y la pasión. Apretaba mis muslos, para consolarme, o intentarlo al menos.
Entonces, como si lo hubiésemos acordado, abrimos los ojos, nos separamos un poco, y nos miramos con una expresión mezcla de extrañeza, deseo, pasión, confusión.
- ¿Qué estamos haciendo? – susurré.
- No lo sé – balbuceó él – pero me gusta.
Y entonces, como si supiera que uno de mis puntos erógenos, que me hacen derretir, es el cuello, llevó su boca hasta allí y lo besó, lo lamió, lo mordisqueó hasta que yo no pude aguantar más, y arrebaté esos labios de mi cuello, quería comérmelos de nuevo.
Estábamos locos, pero nos gustaba, y queríamos más. No podíamos seguir allí, miré de reojo a mi alrededor, y a pesar de que todos parecían estar a lo suyo, supe que en el fondo no era así. Nos conocían, nos habían visto por allí muchas veces, sabían que sólo éramos amigos… y nada más… ¿o no?

Mientras yo pensaba en eso, su boca se acercó a mi oído y susurró:
- ¿Nos vamos?
- Vale.

Y nos fuimos a buscar más intimidad. Teníamos que saber cómo acabaría aquello, teníamos que dejarnos llevar por la pasión, a solas. Y lo hicimos…

viernes, 8 de diciembre de 2006

Pasar página

Ayer di un gran paso. Sí. Quizás a ti no te lo parezca, dirás que es una tontería, pero para mí es un gran avance: He borrado todos sus mensajes de mi móvil. Cómo lo lees. Y te explico por qué es importante: Yo le doy mucha relevancia a las pequeñas cosas, los pequeños detalles, esos que cuando los recuerdas te late más rápido el corazón, o se te encoge el estómago, o se te escapa una lagrimita. Por eso tenía todos los mensajes almacenados, o si no todos, al menos los que me permitía la memoria del móvil.

Había mensajes bonitos, de nuestros mejores momentos; también había mensajes de los peores momentos, aquellos que se escribieron cuando habíamos discutido; los había de reconciliación, cuando volvíamos a empezar viéndolo todo posible.

Los he borrado porque me hacían daño. Me dolía verlos, me dolía releerlos, incluso a veces no era dolor lo que sentía, sino impotencia, me hacían sentir tonta por haber dedicado tanto amor a quien no se lo merecía.
Te parecerá una tontería, pero conforme los iba borrando, una sensación de liberación invadía mi cuerpo. No había sido capaz de hacerlo antes, así que me sentí muy fuerte, capaz de cualquier cosa.

La desaparición de esos mensajes me hará desvincularme un poco más de esos recuerdos, y abrir la puerta, o al menos una rendija de la ventana para una nueva vida.
Ya digo, que habrá quien no me entienda, pero a lo mejor alguien que ha pasado por esto alguna vez, y se ha sentido así por un momento, sabe de lo que hablo. Es como pasar página.

sábado, 25 de noviembre de 2006

El masajista (y III)

Francamente, me costaba creer que el masaje que iba a recibir aquel día superase al del día anterior, pero allí estaba yo, con mi albornoz y esperando mi turno para dejarme llevar por aquellas maravillosas manos.

Puntualmente llegó mi masajista. Le vi incluso más atractivo que el día anterior. Llevaba el pelo húmedo y brillante, y sus ojos me sonrieron con disimulo… había que guardar las apariencias.

Le seguí hasta una habitación distinta de la del día anterior. Me tendió una toalla y me señaló la camilla. Cuando salió, para dejar que me pusiera cómoda, se me aceleró el corazón… ¡estaba nerviosa! Respiré hondo, me retiré el albornoz y me tendí en la camilla boca abajo, a esperar.

Enseguida entró él:

- ¿Estás preparada? – susurró cerca de mi oído.
- Creo que sí – le dije, con una sonrisa. Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
- Sobre todo, relájate. Déjate llevar por la música y no pienses en nada más…

Me dispuse a obedecerle, cerré los ojos mientras oía como se lavaba las manos, y… empezó mi hora de masaje.

Mis piernas fueron las primeras en sentir el calor de sus manos, que las recorrían presionando con la intensidad justa y en los lugares precisos. El aceite las ayudaba a resbalar por mi piel. Cuando llegaba a la parte superior de mis muslos… entonces rozaba con la punta de los dedos mis labios… y yo me estremecía. Estuvo así un rato, me hacía “sufrir” sólo insinuándose con la punta de sus dedos. Luego subió a mi espalda, la embadurnó de aceite y me masajeó cada centímetro de mi piel. Cuando presionaba mi cuello, uno de mis puntos más erógenos, me sentía morir. Cuando bajaba las manos por mis costados y tocaba mis pechos, se me erizaba la piel.
A esas alturas el aroma del aceite embriagaba mis sentidos y me sentía flotar… fue entonces cuando él bajó sus manos hacia mis piernas, las abrió suavemente y empezó a acariciarme decidido. Sabía lo que hacía, es curioso, pero de todos los hombres con los que he estado, ninguno me había dado la sensación de saber tan bien cuándo, dónde y cómo tocar…

Se dedicó de lleno a darme placer ¡todo un lujo! Con una mano me estimulaba el clítoris y con la otra iba introduciendo sus dedos, que con la ayuda del aceite y de mi excitación, entraban solos. Yo no podía dejar de moverme, ¡¡quería más!! Me agarraba a la camilla y movía mi culo para abrirme más a sus dedos… esos dedos que exploraban mi interior y me hacían sentir oleadas de placer. Le pedí más, otro más… y obedeció… hummmm, estaba tan excitada! Por supuesto tuve un orgasmo descomunal, ahogando mis gemidos en la camilla y exhausta, le miré con deseo.

Él tenía la frente perlada de sudor, y sonreía… Rodeó la camilla y al pasar junto a mis manos, noté su polla dura debajo del pijama blanco. Él también estaba excitado.

- ¿Te ha gustado?
- Creo que es evidente, ¡me ha encantado!
- Pues aún no hemos acabado, cielo. – me dijo guiñando un ojo - ¿crees que podrás con más?
- Lo intentaré…
- contesté con una sonrisa pícara.
- Pues vuélvete.

Me tumbé boca arriba, y mientras lo hacía toqué mi coño chorreando. Aún me estremecía al tocarme… ¡qué bueno!

Lo que siguió también fue fantástico. Después de untar mi cuerpo de aceite, y sobar mis tetas hasta no poder más, volvió a dedicarse a mi coñito y no cesó hasta hacerme casi gritar de placer, varias veces. Llegué a correrme cuatro veces. Estaba alucinada con ese hombre.

Pensé que merecía una recompensa, así que empecé a tocar su polla erecta, por encima del pantalón, y comencé a excitarme de nuevo. Él estaba muy cachondo, se le notaba, así que me puse manos a la obra, y le masturbé hasta que le hice correrse a él también… Se lo había ganado.

Cuando todo acabó, me duché y subí a mi habitación. Tumbada en mi cama recordaba cada instante de esa última hora y no podía creer lo que me había pasado. Probablemente si me hubieran dicho que aquello iba a ocurrir y yo me iba a dejar llevar así, no me lo hubiese creído… Pero así fue, y por supuesto no me arrepiento, disfruté como una loca…

Este invierno, me apetecería volver a pasar un fin de semana en un spa, pero no sé si repetiré en aquel…

domingo, 19 de noviembre de 2006

El masajista (II)

Ahora tenía que tumbarme boca arriba, y se repetiría la operación. Me dijo que a algunas mujeres no les gustaba la idea de que les tocaran el pecho, y esa zona se la exfoliaban ellas. ¿Qué prefería yo? Ni siquiera lo dudé: le dije que hiciera su trabajo, que lo haría mejor que yo.
Evidentemente, me excité… sus manos recorrían mis pechos cubriéndolos de sales, y mis pezones se endurecían a su paso. Empecé a notar mi coño humedecerse, y un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Intenté pensar en otra cosa, y relajarme únicamente, que eso era lo que buscaba al fin y al cabo, pero no era tan fácil. Cerré los ojos, y cuando creí que lo conseguiría, un río de agua tibia cayó sobre mi pecho, mi estómago, y fue bajando por mis piernas… No pude evitar estremecerme cuando el agua se coló entre mis piernas y entró en mi ya mojado coñito… Un suspiro entrecortado se escapó de mis labios y entonces él me susurró:

- ¿Estás bien?
- Más que bien –
logré articular.
- ¿Estás relajada?
- Sí, claro. Me ha gustado
– le dije yo.
- Pues te aseguro que no has hecho la mejor elección para relajarse. Podrías haber recibido uno de nuestros masajes con aceites…
-Bueno, aún estoy a tiempo, ¿no? No he programado nada para mañana.

El masajista sonrió, con un misterioso brillo en los ojos, y acercándose a mí dijo:

- No me gustaría que te fueras así. Si quieres te puedo ayudar a relajarte aún más… ¿crees que podría hacer algo al respecto?

Le miré confundida… ¿estaba insinuando lo que yo creía o sólo estaba bromeando?

- ¿Qué… qué quieres decir? – balbuceé como una tonta.
- Bueno, que si esto queda entre tú y yo… y tú me lo pides, yo puedo hacer algo para que te relajes del todo.

Me miraba fijamente, y entonces pensé: ¿y por qué no? Al fin y al cabo… no tenía que darle explicaciones a nadie.

- Adelante… - y le invité a que hiciera su voluntad. No pude negarme. Sería la música que sonaba de fondo, o sus manos, o el morbo de la situación, o que yo estaba loca, o qué sé yo, pero me quedé ahí tumbada y le dejé hacer.

Entonces, sin dejar de mirarme a los ojos, cerró el pestillo de la puerta, me quitó las braguitas de papel, abrió cuidadosamente mis piernas, y empezó a acariciarme sigilosamente. Aún tenía las manos húmedas y calentitas, y yo estaba aún más calentita, así que inmediatamente empecé a volar de placer.

Sabía exactamente dónde tenía que tocar, qué presión debían ejercer sus dedos ¡y cómo mirarme para que yo enloqueciera de gusto! Sus dedos exploraban mis labios, y pronto empezaron a penetrar en mi interior. Yo le ayudaba, con acompasados movimientos de pelvis y empezamos una danza que no podía detenerse… Con la otra mano, agarraba mis pechos, y pellizcaba suavemente mis pezones… (¡Diosss! Incluso ahora me excito al recordarlo…)

Estaba tan caliente, que gemía de gusto, y tuve que taparme la boca, para no revelarle a nadie nuestro pequeño secreto. Aquello continuó hasta desembocar en uno de los mejores orgasmos que he tenido en mi vida. Mi corazón estaba desbocado, y prácticamente no podía respirar, aunque ¡¡me apetecía gritar de placer!!
Cuando conseguí reponerme, le di las gracias, y me metí en la ducha. Él vino detrás de mí, y me miraba mientras el agua caía por mi cuerpo. Me quitó la ducha de la mano y se entregó a la tarea de retirarme, suavemente, cada pequeño cristalito de sal que aún quedase sobre mi cuerpo. Seguidamente, me secó con una toalla blanca y esponjosa, y me tendió el albornoz… Yo estaba flotando en una nube, casi me pellizco para asegurarme de que no era el mejor sueño erótico de mi vida. En ese momento, oí:

- Así, ¿te espero mañana? Tengo turno de mañana, y un aceite que huele de maravilla.
- Aquí estaré
–le dije, y salí de ese habitáculo que había sido testigo mudo de mi último orgasmo.

Al día siguiente, por supuesto, allí estaba yo… ¿Quieres saber cómo fue?

(Continuaré?)

sábado, 18 de noviembre de 2006

El masajista (I)

El estrés me agobiaba de tal manera que tuve que hacer un stop. Pedí unos días libres en el trabajo, cogí mi coche y me fui a relajarme y a alejarme del día a día, que había llegado a ser insoportable. Pensé que sería buena idea desconectar de verdad, así que, reservé habitación en un hotel con spa, en un pueblo (más bien una pequeña ciudad) no muy lejos de donde vivo. No había ido nunca, pero hice caso de la recomendación de una amiga, que fue el año anterior y volvió encantada.
Y dicho y hecho, hice mi equipaje, me metí en mi coche y me dirigí hacia el remanso de paz. No necesitaba nada más que oír música, leer, pasear y olvidarme del teléfono, del correo electrónico, de los jefes y de andar corriendo de un lado para otro, aunque sólo fuese durante tres días.
El hotel era genial: servicio, instalaciones, comida, entorno: inigualable. El primer día me dediqué a verlo todo y evidentemente, fui a informarme de los tratamientos con los que contaba el hotel. Para el día siguiente, programé dos horas de jacuzzi y baños y seguidamente un masaje con sales, que según me recomendaron iba de maravilla para exfoliar la piel.
Al día siguiente, después de estar en remojo prácticamente las dos horas y probar sobre mi cuerpo todo tipo de chorros de todas las presiones y temperaturas, me dispuse a recibir el masaje.
Yo, a aquellas alturas, ya estaba super-relajada. Incluso llegué a pensar en dejarlo para el día siguiente, pero inmediatamente cambié de idea cuando mis ojos se toparon con los del masajista. Era un tío impresionantemente guapo: moreno, de ojos negros, alto y con unos brazos fibrados que asomaban bajo su uniforme de manga corta. Con una sonrisa me invitó a pasar, me indicó dónde tumbarme y me dio unas braguitas de papel, que tenía que ponerme. Cuando salió, para dejar que yo me quitara el albornoz y me situara, no pude evitar que se me escapara una sonrisa: mi amiga, la que me recomendó este hotel, me dijo entre risas, que el único fallo que encontró en su estancia, fue que la masajista era una chica.
Pues nada, yo me tumbé boca abajo en la camilla, sólo con las braguitas y esperé…
El masajista llegó enseguida y empezó su trabajo: la verdad es que la primera parte no fue demasiado placentera, se trataba de cristales de sal, con agua, que él iba frotando por toda mi piel. No llegaba a doler, pero sí rascaba. Luego roció mi cuerpo con pequeñas cantidades de agua tibia y me retiró todo rastro de los cristales.

(Continuaré…)