La puerta estaba abierta. Avanzó sigilosamente, mirando hacia el interior. No se veía a nadie. Sólo se oía una agradable música. Cerró la puerta despacio y vio una copa de vino en el recibidor. La cogió, acercándosela a la nariz y su aroma le hizo sonreir instantáneamente. Era su vino preferido, y ella lo sabía. Acercó sus labios al borde y se deleitó con aquel sabor ligeramente afrutado que tanto le agradaba.
Con la copa en la mano, siguió avanzando hacia el salón. Allí la música se oía mejor, ahora ya sabía que provenía del dormitorio. Volvió a saborear el vino, pausadamente, mirando hacia el hilo de luz que salía del dormitorio. Recordó el mensaje que ella le había dejado en el contestador y que oyó al salir de la reunión: "Tengo una sorpresa para ti. Ven a casa cuando acabes." Lo había oído varias veces por el camino. Le gustaba cuando esa voz acariciaba su oído, incluso a través del teléfono. Había pensado en ella durante todo el trayecto desde el trabajo a su casa, en la sorpresa que le esperaba, y los treinta minutos se le habían hecho eternos.
Se quitó la chaqueta y la dejó en el sofá. Allí encontró dos pañuelos de seda rojos. Había también una nota: "Cógelos". Con la punta de los dedos, tomó los pañuelos y se los acercó para oler su perfume. Le volvía loco ese olor. Volvió a aspirar, esta vez profundamente, con los ojos cerrados y le pareció tenerla allí entre sus brazos. Mientras aflojaba su corbata, se asomó al pasillo. A través de la puerta entreabierta vio sus zapatos y su ropa en el suelo... era parte del juego.
Otro trago de vino recorrió su garganta. Intentaba calmar su excitación que iba aumentando por momentos. A medida que iba avanzando hacia la puerta, con la copa en una mano y los pañuelos en la otra, su corazón se iba acelerando cada vez más. A cada segundo que pasaba, sentía crecer el deseo.
Llegó a la puerta del dormitorio. Del pomo colgaba el sostén de ella, de encaje negro. Empujó suavemente la puerta...
(Continuará...)

















